lunes, 12 de septiembre de 2016

Ayotzinapa: Casi dos años de tormenta, de búsqueda, de no rendirse

desinformemonos.org
Por Yunuhen Rangel | Desinformémonos

Soy Cristina Bautista Salvador, nací y crecí en Alpuyecancingo de las Montañas se localiza en el Municipio Ahuacuotzingo del estado de Guerrero en México. Tengo 41 años y soy madre soltera de dos hijas y un hijo. Los dos últimos años de mi vida los he pasado buscando a mi hijo Benjamín Ascencio Bautista, alumno de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa. La respuesta hasta ahora ha sido la tortura de no tenerlo, de buscarlo y en esa búsqueda no estar con mis otras hijas. Un cambio de vida tan radical sin embargo la justicia la seguiré exigiendo.

Laura, Benjamín y Mairani, mis tres hijos, y yo teníamos una vida en paz antes de que todo sucediera. Me tocó criarlos prácticamente sola ya que su padre migró en el 99 a Estados Unidos, para mejorar la calidad de vida de la familia, pero luego de un tiempo dejó de comunicarse.

Para sobrevivir con mis hijos, sembrábamos maíz que consumíamos y que usábamos para hacer pan. Benjamín y Mairani salían cada día a las seis de la mañana a vender las dos canastas que juntábamos y cuando volvían, Laura y yo ya teníamos el almuerzo listo para compartirlo los cuatro.

Los jueves vendíamos pozole y entre todos atendíamos, limpiábamos las mesas, recogíamos. Todo eso nos ayudaba a vivir. Eramos felices en el pueblo.

Yo sólo me había separado de mis hijos en las dos ocasiones en que tuve que ir a Estados Unidos a trabajar para poder construirnos una casa. Allá aprendí a comunicarme sin dominar el idioma, las manos, mis manos trabajadoras eran las que respondían con el objetivo claro de llevar mejoras a la vida de mi familia.

Antes de que Benjamín fuera desaparecido, yo, de Guerrero y de México, sólo conocía Chilapa por que iba a comprar harina y otros ingredientes que necesitaba para el pan y el pozole. Ahora paso la vida de aquí para allá buscando a mi hijo y buscando justicia por este tiempo sin él.

Benjamín siempre quiso estudiar y buscó los modos. Yo siempre lo apoyé en todo lo que pude para que siguiera. Estudió hasta donde se puedo en la comunidad y luego se fue a la cabecera municipal a estudiar en Bachilleres.

Durante un año se fue a Puente de Ixtla, en Morelos, a dar un servicio de enseñanza a través del programa Consejo Nacional de Fomento Educativo (CONAFE) que a cambio de ese año de trabajo te apoya por tres años para que tu sigas estudiando. Así que Benjamín lo aprovechó.

En esa época fue que me contó que había descubierto una escuela normal en la que formaban maestros y que tenía internado para quienes, como él, eran pobres y querían estudiar. Me dijo muy entusiasmado que era un muy buena escuela y aunque era difícil obtener lugar lo intentaría. Ya se soñaba con ser maestro.

Siempre estuvimos en comunicación y cuando tenía vacaciones venía a pasarlas con nosotros. Me contaba lo que iba aprendiendo y los nuevos sueños que tenía. Siempre me decía que un día iba a ganar suficiente para darme. Decía que ahora le tocaba a él cuidarme.

Yo mientras tanto acepte un nuevo trabajo dando sesiones de educación inicial a madres, padres y niños de 1 a 4 años en el pueblo. Se trataba de reflexionar sobre cómo dar una buena vida y educación a las y los hijos. Me gustaba y me pagaban 800 pesos que abonaban para la compra de útiles y materiales de mis hijos.

Hoy ya perdí todo eso, el trabajo, la siembra, la venta del pan. Ahora busco a mi hijo y busco justicia por estos dos años sin él.

En abril de 2014 llegó la época de exámenes para entrar a la Normal. El me pidió prender una veladora para que le fuera bien. Que pidiera por él y que confiara en que ahora él me ayudaría a mí.

Yo la verdad le pedí que mejor no se fuera, que me preocupaba tenerlo lejos. Él me dijo que ya estaba grande y que yo siempre les dije que un día les crecerían alas y volarían, así que ese era su momento de volar. No tuve más remedio que decirle que lo apoyaba.

El 15 de junio hizo su examen y me contó que sabía de varios compañeros que lo habían intentado unas tres veces sin lograrlo, pero él a la primera se quedó.

Se fue muy animado a comprar los materiales que le pedían. Su araña o rastrillo, dos codornices, su machete para trabajar y alimentos.

El 20 de julio comenzó su semana de prueba. Yo junté unos 300 pesos que le dí para que se ayudara. Me costó mucho trabajo que los aceptara pero finalmente lo hizo. Ahora sé que ni siquiera los quiso gastar porque yo los encontré entre sus cosas que se quedaron en la escuela.

El 15 de septiembre fue el último día que lo vi, que hablamos, que compartimos la comida.

A las seis de la mañana del 16 regresó a la escuela y ya no supe mucho de él por que me explicó que estaba ya de lleno en muchas actividades de la normal. El 25 de septiembre, un día antes de que el gobierno lo desapareciera junto a sus otros compañeros, se comunicó con su novia. Yo ya no volví a escucharlo.

El 26 de septiembre de 2014 el gobierno estatal y federal atacó y detuvo a estudiantes de la Normal de Ayotzinapa. Algunos fueron golpeados, algunos detenidos cuando se disponían a ir a la Ciudad de México a participar en la marcha conmemorativa del 2 de octubre. A 43 de los estudiantes los desaparecieron, entre ellos Benjamín.

Yo me enteré porque un maestro de Bachilleres de mi hija más pequeña le preguntó a ella por Benjamín ya que sabía del “enfrentamiento” que hubo y de los detenidos y desaparecidos. Luego mi hermano me llamó desde Chilpancingo para decirme que mi hijo estaba entre los desaparecidos. Lo decía con periódico en mano.

Ese mismo día me fui a la escuela. Llegué con muchos nervios y pregunté por Benjamín en la reja a un estudiante que tenía una lista. El me confirmó que Benjamín estaba entre los desaparecidos pero que ya estaban buscándolos y los encontrarían.

Ahí, en el patio de la escuela me encontré por primera vez con las otras madres y padres. También lloraban. Se animaban los unos con los otros. Recuerdo mucho a Luz María Telumbre, madre de Christian Alfonso Rodríguez, quien entonces me dijo entre lágrimas y ánimo: “No se preocupe, como los policías y militares los corretearon, seguro se fueron a esconder al monte. No se preocupe ahorita hay guayaba y maíz y eso les ayudará con el hambre”. No olvido ese día y hasta hoy seguimos caminando juntas buscando a nuestros hijos.

Desde ese día que llegue con lo puesto me quedé a vivir en la escuela para comenzar la organización, la búsqueda, los pedidos de ayuda, las marchas que hasta hoy no han parado ni pararán hasta que el gobierno presente con vida a nuestros hijos.

La ayuda local de organizaciones, luego la de otros estados y hasta otros países es lo que nos ha ayudado a mantenernos con alimento, con ropa y también con ánimos de seguir. Nos han acompañado mucho, pero nos seguimos sintiendo solos sin nuestros hijos.

El 31 de septiembre salimos por primera vez a marchar y a decirle al gobierno que fue su gente la que se llevó a nuestros hijos y así exigíamos nos los devolvieran con bien. Ese día advertimos que no descansaríamos hasta que eso sucediera y así es hasta hoy.

Así se lo dije ya a Enrique Peña Nieto y a Miguel Ángel Osorio Chong, que ¿Cómo no van a saber dónde están los muchachos si fue su gente la que se los llevó?, que así como se organizaron para dispararles, detenerlos y desaparecerlos, con su comunicación, así se organicen para buscarlos.

El gobierno nos ha querido engañar. Nos dijo que los muchachos iban armados y no es cierto. Que había un vínculo con el crimen organizado y los muchachos responden con mucha razón que: “para ser narco no se necesita ir a estudiar a una escuela normal rural”.

En cuanto todo pasó yo tuve que perfeccionar mi castellano, por que yo hablo Nahuatl, leer y escribir más y mejor para que no pudieran engañarme. Para seguir buscando a mi hijo.

A 18 días de que se cumplan estos dos años de tormenta, dos años de búsqueda, de exigir justicia, hoy deseo que no llegue ese 26 de septiembre sin mi hijo. Que no se cumplieran esos dos años sin él sino que los traigan de regreso y con bien.

Si eso no sucede, seguimos llamando a las autoridades a responder, a las organizaciones a acompañarnos, a las familias de personas desaparecidas a sumarnos todos. A la sociedad a volver a salir con nosotros el 26 de septiembre a marchar, a exigir justicia, a organizarnos.

Nosotros seguiremos aquí esperándolos, pero no quietos, sino sin rendirnos.