viernes, 29 de abril de 2016

Tomás es el Sandinismo

Por Edwin Sánchez

I

Irse de este mundo sin un átomo de rencor, ni un milímetro de odio, viviendo lo que se vivió y padeció, un mundo donde fácilmente con las miserias humanas que pululan se le podría añadir un nuevo continente y quizás más grande, en medio de océanos de ingratitudes, no deja de ser un acto heroico. Dos veces héroe podré decir, en el caso del comandante Tomás Borge Martínez.


Vino a este planeta sin las fallas de los espíritus que por nada y nada tienden al resentimiento. Vino desprovisto de lo que en unos abunda: el deseo perverso de la venganza. Vino construido de otro material, de la palabra y la musicalidad, de la prosa y el ideal. Vino con las herramientas de un artista de abril que por pluma o pincel, colores y paleta, tomó el fusil, sus lecturas insurrectas y la conspiración para cambiar con su corazón de poeta a una nación.

No podía odiar, aunque hubiese querido, aunque tuviese sus enojos, sus molestias y decepciones como toda la gente, pero no vio a nadie con los ojos de los bajos sentimientos, ni siquiera a aquellos que se aprovecharon de su amistad genuina, él que tanto les tendió la mano –aun después de la derrota electoral del FSLN–y que después morderían sin compasión.

Fue un escritor, un esmerado de las bellas letras y también un notable, un excelente orador, ardiente, apasionado: lo que decía estaba tejido con todas las fibras de sus profundas certezas que lo hermanaron con Carlos Fonseca, por eso convencía, por eso la ciudadanía le escuchaba.

II

Fundador del Frente Sandinista, ícono, dos veces héroe, prisionero, hundido en las mazmorras del somocismo desde muy temprano en su juventud, en los años 50, fue aislado en La Modelo de Tipitapa en los años 70. Sí, tanto le temían, tanto representaba, tanto querían desquitarse con él, que ahí, en la prisión, le dieron la terrible noticia para acabar con su paciente impaciencia: Carlos Fonseca había caído en las montañas de Nicaragua.

Algunos ex izquierdistas nunca le perdonarán, no le perdonan, igual que la derecha primitiva, que no fuera solo un estudioso del marxismo y nada más, reducido a la inutilidad de los teoricistas que critican a los que hacen Revolución.

Son tres o quizás cuatro cosas que no le perdona la derecha conservadora y por eso, caso único de nuestro país, después de su partida, le infaman y retuercen sus palabras con interpretaciones que solo pueden provenir de la vileza.

No le perdonan que fue un artista de la oratoria y que no se encontró ni en las filas del somocismo, ni en la crema y nata de los conservadores, ni en las favorecidas vecindades económicas, a uno solo que pudiera contar con una elocuencia de su nivel, porque superó, además, al único que se le podría llamar orador, al doctor Fernando Agüero Rocha.

Crear imágenes en la soledad del autor es parte del oficio, hacerlo frente al pueblo y sin más apoyo que la convicción ya eso tiene que venir de Dios. No era un “chagüitero”, era un escritor que convertía la plaza en el desafío de una página en blanco para elevarse con el verbo a alturas propias de un intelectual humanista y no del rígido, frío y distante burócrata del conocimiento.

Era franco, sincero, y con su pluma volaba tanto que la gente quedó conmovida ante el memorable fresco que pintó sobre Carlos Fonseca cuando fue inhumado en la plaza de la Revolución.  Una formidable pieza que parecía dotar al magnífico retrato de Róger Pérez de la Rocha, ubicado en las columnas del Palacio Nacional, de un óleo sonoro, una cascada de armonía con todos los matices del tiempo y la existencia.

III

No le perdonan su alma de poesía, porque no podía albergar infinitas aversiones; era un creador, y los creadores de verdad crean, no destruyen, por eso amó tanto al Frente Sandinista que lo armó de metáforas, de tentaciones y amaneceres. Y eso también es imperdonable.

No le perdonan que no fuera como ellos, excedidos de revanchismo y de abundante inquina. No, no era como ellos, adictos a la malquerencia y a sus fobias sin fecha de vencimiento. Él era plural, abierto: hasta promovió la candidatura de Fabio Gadea en el Parlamento Centroamericano. Así era de generoso…pero, ¿por qué ese odio póstumo y cotidiano contra alguien que ya no puede defenderse?

IV

Nunca puso en duda la jefatura que Carlos se había ganado en el FSLN. Siempre estuvo a su lado; jamás inventó pretextos para no hablar con él, jamás cuestionó su permanencia en La Habana, jamás rehuyó a las citas con Carlos en la guerrilla urbana y rural, mucho menos que por soberbia, por celos de poder, por envidia a su liderazgo, “que se gana en la montaña”, comprometiera la vida del mecanógrafo, hormiga y martillo.

Y la fidelidad a Carlos y al Frente Sandinista en toda su historia, no se perdona. Porque siempre quisieron apoderarse del FSLN y expulsar al propio Comandante en Jefe de la Revolución, Carlos Fonseca, como muchos años después intentaron desterrar de la dirección del partido al comandante Daniel Ortega.

El de los ojos miopes, azules e intenso siempre confió plenamente en Tomás, aun cuando cayó preso, aun cuando fue objeto de salvajes torturas, aun cuando quisieron sacarle toda clase de información para acabar con las células, colaboradores y la red de casas de seguridad.

Y Carlos le dijo a sus compañeros, en febrero de 1976, que no se movieran, que no salieran de la casa donde se alojaban en la clandestinidad. Que Tomás nunca iba a soltar un solo nombre, una sola dirección, un solo detalle.

Y es atributo del héroe prisionero, del que no sabe si en el siguiente minuto le aplicarán la Ley Fuga, tomar una decisión a costa de los tormentos que infligían a su cuerpo y a su mente: proteger a los que estaban luchando por una Patria Libre o Morir. Sí, no quería que corrieran su misma suerte. Y ese ejemplo de valentía tampoco se perdona, peor, que sea conmemorada.

Si Tomás permaneció con su Frente, si Tomás no se desprendió de la divisa rojinegra, si Tomás fue parte de la avanzada que superó a la izquierda dogmática por una superior para adelantar el reloj de los Nuevos Tiempos, si Tomás respaldó al Comandante de la Revolución, Daniel Ortega, y a la intelectual sandinista, Rosario Murillo, dirigir al FSLN para retornar al poder, es que el Sandinismo estaba, está vivo. Más todavía: ha entrado a su Edad Clásica.

¿Qué no hubiera querido la derecha y sus conversos sino ver al comandante Borge en una acera distinta, enfrentado a sus compañeros de ideales? Pero era imposible: hombre de una sola bandera, creador de Revolución, no impostor, nació sin las caretas que a otros les sobran.

Tomás es el Sandinismo, Tomás es el sello del FSLN: de los que son Sandinistas hasta el final de los tiempos, de aquellos que con Augusto César Sandino y Carlos van derribando los muros de la noche…