lunes, 21 de diciembre de 2015

A 26 años de la Invasión a Panamá

Por Aporrea | Kaos en la Red

Se vivía un clima de mucha tensión. Todo el día sobrevolaban por la ciudad aviones rumbo a los aeropuertos militares en la ex Zona del Canal. Era víspera de Navidad. Las familias, especialmente los niños, se preparaban para la fiesta. No sería como otros años. La situación económica era difícil y el ambiente era de zozobra y de inestabilidad política.

La pugna entre las fracciones de la burguesía que apoyaban a los militares en el poder y los que integraban la llamada Cruzada Civilista, llegaron a un punto máximo. Por un lado, los militares insistían en mantenerse en el poder a pesar del escaso apoyo popular (como se comprobó en las elecciones de mayo) y por el otro, los sectores oligárquicos aspiraban a llegar a la Presidencia encaramados en las tanquetas gringas.


Mientras tanto, el pueblo envuelto en necesidades apremiantes padecía la represión y la restricción de sus libertades y el terror que infundía la posibilidad de una intervención militar de Estados Unidos.

Aproximadamente a media noche las bombas caían en El Chorrillo, donde se ubicaba la sede del Cuartel Central de las llamadas Fuerzas de Defensa. Miles de chorrilleros, especialmente niños, mujeres y ancianos eran sorprendidos mientras dormían. Inmediatamente las casas de madera ardían en llamas. Las personas intentaban escapar de ese infierno.


Simultáneamente, el Cuartel de Tocumen era bombardeado. Varios kilómetros a la redonda se escuchaba el ruido. No obstante, ni el fluido eléctrico ni las comunicaciones se interrumpieron. Sin embargo, la televisoras y radios no transmitían. La gente trataba de averiguar por los suyos. A los lejos se veía el resplandor del fuego en El Chorrillo.


Horas de mucha confusión e incertidumbre. Y entonces el amanecer dantesco. Los escombros en El Chorrillo, mientras algunas casas seguían consumidas por el fuego. El horror de la guerra y el temor al desabastecimiento llevaron a muchos panameños a la desesperación. Muchos locales comerciales fueron asaltados por personas en busca de alimentos. Posteriormente esto degeneró por días en el saqueo de todo lo que se tuviera al alcance. Sobrevivieron las librerías.


El mayor número de muertos ocurrió en esas primeras horas, donde también hubo mayor resistencia. Fotografías espeluznantes mostraron cadáveres de niños en El Chorrillo. Poderosas armas se utilizaron por primera vez en Panamá, mismas que después llevaría Estados Unidos a la Guerra del Golfo. Fuimos convertidos en un laboratorio de guerra.


El objetivo principal de la misión, la captura de Noriega no se cumplía. Se desconocía su paradero. Mientras, en la base militar de Clayton era juramentado el triunvirato: Guillermo Endara, Ricardo Arias Calderón y Guillermo Ford, y sobre las tanquetas gringas llegaban después al Palacio de Las Garzas.


La ocupación militar estadounidense avanzaba por todo el país con poca resistencia. Los mandos militares en las provincias se entregaban sin disparar un solo tiro. Los norteamericanos se quedaron con camiones llenos de armas que nunca fueron entregadas a la población.


Se establecieron toques de queda y retenes militares donde soldados gringos requisaban a los panameños. Muchos panameños murieron en esos retenes.

Finalmente, el 24 de diciembre, Noriega, quien había jurado enfrentar hasta la muerte a la fuerzas invasoras, se refugiaba en la Nunciatura. Diez días después, el 3 de enero de 1990, se entregaba a las fuerzas estadounidenses.


Los norteamericanos llamaron su operación militar “Causa Justa”. Para ello invocó el mal llamado Pacto de Neutralidad y justificó su acción en la necesidad de restablecer la democracia en Panamá.


Vergonzoso era observar como los partidarios de los partidos vinculados a la Cruzada Civilista recibían con besos y abrazos a fuerzas invasoras que masacraban a panameños. Algunos se prestaron para delatar a panameños que todavía hacían resistencia.


Tal como fuerzas populares y revolucionarias habían advertido, la causa del pueblo en defensa de su soberanía se había debilitado ante la ambición desmedida de los militares y sus aliados de permanecer a cualquier precio en el poder. En esas condiciones les era más fácil a los norteamericanos actuar militarmente.


Ningún alto oficial de las Fuerzas de Defensa y ningún dirigente prominente de los partidos aliados de los militares, cayeron en combate. Como siempre, los muertos fueron gente humilde del pueblo.


Con ese baño de sangre iniciaba el llamado período democrático que ha degenerado en lo que estamos viviendo en estos días, en democracia putrefacta.


El PRD, el principal aliado de los militares, ocupó en dos ocasiones el Gobierno y se negó siempre en declarar el 20 de Diciembre Día de Duelo Nacional. A través de uno de sus principales dirigentes y ex presidente de la República, Martín Torrijos, se reconcilió con el invasor George Bush padre y hoy hace parte del llamado Pacto de Gobernabilidad.


26 años después de la invasión, Noriega guarda ya cuatro años de prisión en El Renacer, luego de su periplo internacional en cárceles de Miami y París. Los otrora archi enemigos hoy se abrazan y coinciden en las mismas políticas económicas y sociales y sirven a los mismos intereses de la clase dominante.


Aún cuando se le intenta ocultar al pueblo este trágico suceso de gran impacto en el devenir nacional, lo que sí está claro es que son las mismas familias de siempre, las que controlaron el poder de antes de 1968, junto a las beneficiadas en dictadura, las que lograron los grandes réditos de la invasión.


El pueblo sigue aguardando su momento. Hoy pedimos justicia para los mártires y víctimas de la invasión. Hoy exigimos que el 20 de diciembre se declare Día de Duelo Nacional.