lunes, 3 de agosto de 2015

Guatemala hoy: escenario de luchas y posibilidades

Foto S. Palencia
Por Andrés Cabanas

¿Qué sucede tras tres meses de movilizaciones, reuniones, debates, elaboración de propuestas, esfuerzos de organización y rearticulación social?

En la superficie no cambia nada: el proceso electoral se mantiene, Juan Carlos Monzón, Roxana Baldetti y Edgar Barquín (entre otros) continúan libres, el Presidente vuelve a sonreír entre dientes, el poder judicial se repliega, los partidos se encierran en sus viejas lógicas de hacer política, los empresarios se salvan de señalamientos, las empresas internacionales dicen yo no fui, fue teté…

Pero el proyecto neoliberal militar se agrieta, tanto por disputas internas como por la presión y resistencia social. Operadores políticos claves, ubicados en todas las instituciones del Estado, son deslegitimados y eventualmente sometidos a procesos judiciales. Más allá, se cuestiona el ejercicio del poder, lo que es un logro en sí mismo, afirma Domingo Hernández, de la Coordinación y Convergencia Nacional Maya Waqib´Kej, una de las primeras expresiones sociales en pronunciarse después del descubrimiento de la red criminal La Línea, el 16 de abril.

El debate político, la conciencia, la formación (la calle y la lucha son pedagogía), la identidad y sentimiento compartidos (la plaza como construcción de lo común) le ganan el espacio a la individualidad y despolitización neoliberal.

Avanzamos en aquello que el Estado criminal y el neoliberalismo niegan y destruyen: la colectividad y la solidaridad. Se gana en juventud, en protesta, en ciudadanía, refiere la escritora feminista Carolina Escobar Sarti, frente a la sociedad considerada como individualidades aisladas, competitivas y opuestas entre sí.

La política y lo político, entendidos siguiendo a Gramsci como la lucha social en todos los ámbitos del poder y las relaciones sociales, son disputadas a la corrupción, el electoralismo sin propuestas ni soluciones, el Estado y los poderes construidos a la medida de los dueños de la riqueza, el cortoplacismo. La población urbana en las plazas, las movilizaciones sociales históricas, rompen la asfixia de la represión y la marginación y juegan en el tablero del poder, proponiendo soluciones a problemas estructurales.

El ejercicio de regresar al 16 de abril es saludable. Antes de esa fecha, la democracia se diluye: la debilita la ciudadanía mercantil, aquella que sustituye los consensos sociales amplios por los pactos entre élites, y que privilegia acumulación y negocios sobre ejercicio de derechos.

Ni ensoñación ni derrota: incertidumbre creadora


La realidad nos obliga a ver delicados matices. No son tiempos de negros y blancos, de victorias o derrotas absolutas. No son tiempos y nunca debieron haberlo sido de certezas históricas, que se convierten en recetas sin discusión, como la vía única para las transformaciones, el sujeto central, el partido y el discurso únicos, la vanguardia dueña de la verdad.

Conviene leer la coyuntura en abanicos plurales, en complementos creadores más que en antagonismos sin consenso, aunque nos genere la incertidumbre de lo desconocido. La realidad es un frasco de vidrio que corta a quien lo toca, escribe el novelista sinaloense Elmer Mendoza.

Tan cierto es que los cambios legales e institucionales inmediatos se dificultan en el cortísimo plazo como que las transformaciones en las subjetividades y el ejercicio de la política (activa, crítica) han comenzado. Tan necesario es asumir que existe una hoja de ruta para la transición controlada, como que ésta no es inquebrantable, sino que está sujeta a dinámicas, contradicciones y relaciones cambiantes de poder. Tan evidente es el poder global de Estados Unidos como los límites del mismo: las disputas y reconfiguraciones de élites, las resistencias sociales, la crisis y la descomposición del sistema, que no se va a detener.

Alan Badiou, en un hermoso texto sobre las revoluciones tunecina y egipcia, afirma que el logro de estos episodios es la apertura de nuevos escenarios y posibilidades para la acción y la transformación social. El acontecimiento, indica, es la brusca creación no de una nueva realidad sino de un sinnúmero de posibilidades. Ninguna de ellas es la repetición de lo conocido.

La medida de los cambios va más allá del corto plazo y el ámbito institucional. La aparición de nuevos actores fortalece las demandas y los actores históricos, y reta a su articulación dinámica y plural para generar rupturas. La irrupción como sujetos políticos de jóvenes y sectores urbanos inconformes con la hegemonía autoritaria-excluyente-mercantil y el fortalecimiento de sujetos históricos (pueblos indígenas, comunidades, organizaciones sociales, de mujeres y feministas)  implicará con el tiempo nuevas formas de ejercicio del poder, y se concretará en la ruptura democrática: de leyes, instituciones y pactos (constitución) preexistentes.

Esta es la oportunidad: reabrir y construir caminos para la democracia, la justicia, la alegría, la transformación, la comunidad y la vida amenazadas por los intereses particulares, frecuentemente criminales, todavía dueños del poder formal.