domingo, 10 de mayo de 2015

El Salvador: Morir después de la guerra

Foto Vladimir Chicas
Por Bryan Avelar | ContraPunto

Al exguerrillero Israel Quintanilla la vida le jugó de irónica. Luego de arriesgar la vida todos los días, durante más de doce años, en una guerra civil, terminó siendo asesinado junto a su hijo, un día de mayo, 23 años después de terminado el conflicto.

Quintanilla, quien formó parte de las Fuerzas Populares de Liberación (FPL) durante la el conflicto armado de El Salvador, pasó de la guerra a la paz con una pierna menos, luego de pararse sobre una mina “cazabobo” que le costó la carne y el hueso de la rodilla hacia abajo.

Así fue que llegó a formar parte de la Asociación de Lisiados de Guerra de El Salvador (ALGES) apenas un años después de su fundación, en 1999, misma de la que Quintanilla llegó a ser elegido como presidente durante dos periodos.

ALGES es la organización donde fueron a parar gran parte de los excombatientes que resultaron con lesiones y formaban parte de la extinta guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN).

Debido a su larga trayectoria desde que la guerra se empezó a parir en las comunidades de base hasta la última ofensiva, en 1989 que terminó con la toma parcial de la capital salvadoreña, el nombre de Israel Quintanilla cobró suficiente arrastre como para rosarse con los que ahora, pasada la guerra, se han logrado hacer de un cargo en la política, así como el actual presidente salvadoreño, Salvador Sánchez Cerén y la mayoría de diputados más representativos del FMLN.

Sin embargo, sus amigos, conocidos y compañeros de ALGES lo dibujan como una persona humilde, sencilla y que nunca aspiró a cargos políticos, sino que siempre prefirió trabajar de cerca con los suyos y luchar por la reivindicación y un proyecto de ley, que no terminó de ver aprobado, para beneficiar a los lisiados de guerra.

Hoy, cuando los restos de Quintanilla ya han sido echados dentro de un ataúd, José Guillermo Paz, de 58 años de edad, excombatiente y también lisiado de guerra, recuerda cómo se formó la asociación y cómo Israel llegó a ser presidente de la misma.

–Después de los Acuerdos de Paz, nosotros los lisiados de guerra nos buscamos para conformar la asociación, porque después de eso cada quien se dispersó; y así fue como se conformó ALGES para que cada lisiado buscara la asociación y permanecer unidos. Entonces fue que llegó Israel; él fue de los primeros que llegaron, recién se acababa de formar la unidad -  dice el excombatiente.

El uno de mayo de 2015, a casi 16 años de haber ingresado a las filas de la asociación que llevaba encabezando desde 2006, Quintanilla salió a las calles junto a sus compañeros lisiados a conmemorar el día del trabajo y a exigir, una vez más, los derechos de los exguerrilleros. Sin embargo, según dicen sus allegados, a esa hora el presidente de ALGES no se imaginaba lo que le esperaba horas más tarde.

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Terminada la marcha del uno de mayo, Israel repartió las órdenes necesarias a su equipo de trabajo, fue a dejar a la secretaria ejecutiva de ALGES, Olga Serrano, hasta su casa, donde le ofrecieron un almuerzo que rechazó, se subió en su camioneta Toyota Hilux 4x4 y se fue hasta su casa, en San Carlos Lempa, donde recogería a su hijo para irlo a dejar más tarde a la ciudad de San Vicente. Desde ahí, Quintanilla tomó su teléfono celular y volvió a llamar a Serrano para informarle que había llegado con bien.

A las 2:42 de la tarde del mismo día, Quintanilla y su hijo se subieron a la camioneta gris oscuro y se pusieron en marcha hasta San Vicente, donde este último, quien se había graduado un día antes de la Escuela Nacional de Agronomía (ENA), se quedaba los fines de semana para estudiar en una universidad privada de Chalatenango.

Aunque el camino desde la casa de Quintanilla hasta su lugar de destino, en San Vicente, no debía durar más de una hora, su esposa, doña Lucía Zavala esperó hasta las 5:00 de la tarde para llamarle por teléfono y preguntarle si ya había llegado.

–A mí me extrañó cuando le llamé y me salía apagado el teléfono, por eso le llamé a Carlitos para ver si él me contestaba, pero solo me sonó cuatro veces y de ahí me lo apagaron – recuerda Lucía.

Luego de tres horas sin saber nada de su esposo e hijo, Lucía alertó a los compañeros de ALGES, quienes trataron de localizarlo varias veces y luego organizaron un equipo de búsqueda con la gente de la zona.

Pasó la noche, pasó el día. Alguien del equipo de búsqueda informó a la Policía Nacional Civil (PNC) sobre la desaparición de Quintanilla y su hijo Carlos. Luego del papeleo para poner la denuncia, una joven conocida de la familia contó que había visto la camioneta gris por última vez en el desvío de San Nicolás, municipio de Apastepeque, departamento de San Vicente.

Gente de Apastepeque que también se incorporó al equipo de búsqueda ayudaron a rastrear cualquier indicio de Quintanilla y su hijo, sin lograr resultados durante tres días.

Dos días después, el cuatro de mayo, la junta directiva de ALGES se pronunció ante la desaparición de su líder y denunció un posible secuestro que no terminaron de atribuir a las pandillas, a pesar de la vorágine de homicidios de los que las autoridades señalan a estos como culpables.

–Nunca nos contó que tuviera una amenaza de pandillas y tampoco la familia nos ha informado que sean víctimas de extorsión, nosotros no creemos que este hecho sea uno más de las pandillas – dijo ese día la secretaria ejecutiva de ALGES.

El cinco de mayo, en horas de la noche, fue encontrado el cuerpo sin vida del presidente de ALGES, tirado a la orilla del río San Jerónimo, en el municipio de Tecoluca, San Vicente, y horas después fue hallado Carlos, a unos cuantos metros de la escena donde fue asesinado su padre.

Aunque el caso de Quintanilla ha dejado más preguntas que respuestas y las autoridades no se han pronunciado sino únicamente para desmentir la versión que un periódico digital que, usando una fuente anónima, señaló al líder de ALGES como traficante de armas hacia pandillas, los familiares y miembros de la asociación que formaban parte de la escuadrilla que encontró el cuerpo de su líder aseguran haber contado al menos siete impactos de bala en el rostro de Carlos y cuatro en el tórax de Quintanilla.

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Así se vive la muerte desde la casa del muerto. Suspiros que se cruzan con el llanto, tristezas que se desbordan en una mueca triste, que quiebra la cara más dura y le dibujan a cualquiera en el rostro un río de lágrimas.

Desde afuera la gente solo sabe recordar al difunto, hablar las cosas buenas, repetir que eran amigos desde hace mucho, decir que deja una pérdida irreparable y hacerse el triste, y sentirse triste.

Pero desde adentro, sentada en una silla de plástico, a unos centímetros del féretro de Quintanilla, su madre, doña María Matilde Quintanilla, llora quedito la muerte de su hijo y su nieto, cruzando la puerta principal de la casa, más allá de los dos ataúdes, ahí está el verdadero dolor. Ahí está doña Matilde, secándose las lágrimas con el ruedo de la blusa, pensando solo ella sabe qué cosas.

¿Cómo una señora que vivió la guerra y dejó partir a su hijo todos los días al frente de batalla, que lo despidió cada mañana como si fuera la última que lo iba a ver, cómo se explica que después de sobrevivir la guerra, un día, el menos pensado, le iban a matar al que creía iba morir después de ella?

Allá va el carro fúnebre, dejando salir canciones tristes que prometen un cielo, un reencuentro, un descanso; pero doña Matilde sigue hablando quedito, como para que no la escuchen, o como hablando en secreto con su hijo.

Llegando al nicho en el cementerio general de Guazapa, amigos, conocidos y miembros de ALGES se despiden por última vez de Quintanilla con discursos extensos, reclamando a políticos, exigiendo al gobierno, que alguien les explique lo que pasó con su líder, que la Policía encuentre a los culpables, pero doña Matilde solo se acercará en el último minuto, cuando ya los lazos están tensos, listos para dejar ir al fondo de los tres metros el cuerpo de su hijo, a quien no volverá a ver.

-Esto es perro, hijo, esto es perro – le dice doña Matilde al cuerpo de Quintanilla, mientras toca el ataúd, como quien golpea la puerta para que le escuchen.

Así se va el cuerpo del exguerrillero, sin más explicaciones, como si un torbellino hubiera pasado y le hubiera arrancado la vida a él y a su hijo, llevándose consigo el secreto de cómo y porqué murieron, porqué los secuestaron, porqué los mataron.

-El simple hecho de cómo los mataron, de cómo lo dejaron, de cómo trataron a Israel antes de morir nos dice que esto no ha sido así nomás, que esto era algo personal – dice un lisiado de guerra y compañero de Quintanilla en las filas de la guerrilla.

Hasta hoy, las autoridades siguen en investigaciones, y Miguel Fortín Magaña, el director del Instituto de Medicina Legal (IML), donde los cuerpos de Quintanilla y su hijo fueron a parar, solamente dijo que por el alto estado de descomposición en que encontraron a los cadáveres, se puede intuir que fueron ultimados el mismo día en que desaparecieron.