miércoles, 6 de mayo de 2015

El Salvador: El museo de las rebeldías

Foto Róger Lindo
Por Róger Lindo | ContraPunto

De todos los proyectos culturales sin fines de lucro levantados en El Salvador en la posguerra, el Museo de la Palabra y la Imagen (MUPI) es uno de las más creíbles, relevantes y tenaces.

El museo arrancó desde la nada, independiente, sin contar con un cinco, y gracias a infinidad de donaciones hechas a lo largo de los años por salvadoreños de todas partes y de todas la procedencias. Personas que habían atesorado por años un casete, un cuadro, una colección de fotografías o una pieza histórica de la guerra, se desprendieron de ellos confiados en que les daría buen uso. Es un museo construido de ladrillo en ladrillo, de vitrina en vitrina, con el aporte de un montón de gente.

“No hay día en que alguien no venga con un documento”, explica Carlos Consalvi, el fundador y director, en una entrevista reciente a propósito de la exposición dedicada al levantamiento indígena de 1932. En el último número de la revista Trasmallo que publica el museo, puede verse una muestra reciente de esos aportes. Es el texto de una serie de interrogatorios a los que fue sometido Roque Dalton en 1960 (entonces el poeta tenía 25 años), por dos suboficiales de la Guardia Nacional y un juez de policía.

En la exposición dedicada al conflicto armado, llamada “De la guerra a la paz”, hay una camisa perforada y ensangrentada que perteneció al general Adolfo Blandón. Era parte del uniforme que llevaba la vez que fue emboscado por la guerrilla.

A veces la donación ha consistido en una colección entera. Es el caso de las 400 diapositivas de Monseñor Romero. Fotos personales tomadas por él o por alguien de su entorno que ilustran sus viajes, descubrimientos y encuentros –con la elefanta “Manyula” en el Zoológico, con las enfermas del hospital de San Miguel, con presos en el penal, con comunidades en Izalco. La mayoría, salvadoreños “comunes y corrientes”. Dos años antes de ser asesinado, el arzobispo entregó una caja con las fotos a una colaboradora, que posteriormente las cedió a Consalvi.

Los registros del MUPI son un acervo imprescindible para escudriñar y estudiar los sucesos de 1932, la trayectoria de Romero, la vida y obra de los escritores Salarrué, Pedro Geoffroy Rivas y Roque Dalton, las luchas solitarias de Prudencia Ayala, las trayectorias de Miguel Mármol y Alfonso Luna, y por supuesto, la historia de la Radio Venceremos, que Consalvi (“Santiago” en los años de la guerrilla) dirigió y animó desde las montañas y la clandestinidad.

La credibilidad del museo también irradia hacia fuera. “Casi todos los días estamos recibiendo grupos de 30 personas provenientes de Estados Unidos y la Unión Europea. Hay compañías de turismo que están trayendo gente todos los días”, explica Consalvi. De igual forma, reciben visitas de académicos extranjeros. Permanentemente, dice, hay dos o tres investigadores internacionales consultando sus archivos.

El museo maneja alrededor de cuatro mil horas de filmación y video; 50 mil fotografías, incluidas cinco mil imágenes sobre el conflicto armado que recientemente donó el periodista italiano Giovanni Palazzo; todas las grabaciones de las radios rebeldes Venceremos y Farabundo Martí; un gran volumen de materiales relacionados con la guerra –manuscritos, mapas militares, armas, uniformes de los dos bandos, propaganda, equipos, y un sinfín de bienes relacionados con la historia de El Salvador.

Historia de rebeldes

Aunque la institución nació como archivo de las luchas sociales después de la guerra, no se ha aferrado a solo un hilo, clave o temática. A primera vista es un museo que alberga y hace de todo. En realidad, y quizá sin proponérselo, el MUPI es el museo de las rebeliones. La mayoría de sus muestras e investigaciones ponen de relieve la incorregible indocilidad que recorre la historia salvadoreña. A veces soterrada, atenuada, pero otras en forma de estallidos. Aunque algunos de esos hombres y mujeres que desfilan en las galerías del MUPI fueron revolucionarios ­–como Mármol, Dalton, o los combatientes guerrilleros– el museo rescató y puso en el primer plano a otros incorregibles fascinantes que nunca se propusieron tomar las armas o buscar el poder, como Prudencia Ayala, Amparo Casamalhuapa, Alberto Masferrer, y el mismo Romero, el hombre más importante del siglo XX salvadoreño. Como genuinos rebeldes, le plantaron cara al autoritarismo, cuestionaron las opresiones del patriarcado y reclamaron educación, condiciones de vida decentes para los salvadoreños, oportunidades y respeto a las mujeres, cese a la represión.

Ayala, para el caso, hija de una costurera de origen indígena, no pasó del segundo grado. Pero intervino en las luchas sociales de su época, condenó la invasión de los marines a Nicaragua, y se presentó a lidiar por la presidencia en las elecciones de 1930. A pesar de su condición desfavorecida –mujer, indígena, pobre desde la cuna– incursionó en la literatura, fue aguerrida columnista y fundó una publicación, Redención Femenina, desde cuyas páginas “abrió la lucha por los derechos de las mujeres”. A ella esta dedicada la muestra “Prudencia Ayala presidenta”, que se vale del recurso del comic para ilustrar su obra y pensamiento.

La historia en la calle

Desde sus orígenes, el MUPI se propuso salir a buscar la historia a la calle, trazándose el derrotero de un museo sin paredes, que proyecta su trabajo a todos los rincones del país.

Se estrenó adentrándose en las brumas del 32, persiguiendo esa historia de una manera novedosa (un precursor, a mediados de los setenta, habría sido Segundo Montes): entrevistando a sus sobrevivientes. El equipo del MUPI se centró en el testimonio de decenas de ancianos indígenas que habían vivido y sobrevivido a la carnicería. Un esfuerzo que, como Consalvi ha consignado en ocasiones anteriores, tomó varios años. No fue hasta finales de los noventa, cuando el FMLN había ganado dos alcaldías en Occidente, y gracias a la mediación de líderes jóvenes de las comunidades indígenas –que lograron persuadir a sus tatas que podían confiar en estas gentes y que había llegado el momento de compartir sus vivencias–, que se pudo penetrar el muro de silencio que las comunidades de Occidente habían erigido en torno al 32.

Entre los resultados estuvo 1932: Cicatriz de la memoria, un documental de larga duración dirigido por el propio director del Mupi y por el historiador Jeffrey Gould, y el libro Rebelión en la oscuridad, de Gould y Aldo Lauria Santiago, una investigación apoyada en más de 200 entrevistas.

En estas nuevas indagaciones sobre el 32, el MUPI insertó una visión de género que estaba relegada, o que nadie se había preocupado por desvelar hasta ese momento. Por primera vez se reconoce, dice Consalvi, a las miles de mujeres que quedaron viudas por la represión, y el impacto de aquella carnicería en las mujeres.

Historia como vasos comunicantes

En la exposición del día, dedicada al 32, el visitante se planta ante una foto tomada en Nahuizalco en los años de la revuelta que muestra a una mujer indígena custodiada por dos militares. Alrededor hay unas cestas, una piedra de moler, unos cántaros. “Mujer comunista con todo lo robado” se lee en el pie de foto.

El día de la inauguración, dice Consalvi, llegaron ancianas y ancianos refajados de distintos cantones de Nahuizalco. “Se reconocían a sí mismas o reconocían a sus familiares en las fotografías de los testimoniantes; conocían la artesanía de su zona y hacían referencia a los tintes ancestrales que ahora no se usan, como el machate”.

Entre ellos se encontraban unos jóvenes de Sololá, Guatemala.

“Lo interesante era cómo ellos hacían una comparación entre la historia del 32 y las historias que las comunidades maya-quiche vivieron en Guatemala en relación a represión y explotación”.

“Esto que estamos viendo acá parece que nosotros estuviéramos leyendo nuestra propia historia guatemalteca”, le dijeron a Consalvi.

La clínica del MUPI

“Permanentemente estamos rescatando archivos”, dice Carlos Consalvi, director del MUPI. Y no solo rescatándolos, añade, sino también procesándolos y organizando los materiales para que la gente pueda apreciarlos. Es la única institución que hace esto en el país. “El gran reto es la conservación de los archivos, durante décadas el Estado no lo hizo”. Ese desinterés se puso de manifiesto cuando el MUPI solicitó al Gobierno que financiara un viaje a México para recuperar un archivo personal de Dalton. Al final, la institución sufragó los gastos del rescate.

El museo tiene una clínica de la imagen dedicada a preservar registros del pasado. Propaganda, fotos, afiches, periódicos antiguos incluyendo diarios de 1932 y La Crónica del Pueblo, correspondencia, poesía, cuento y novela han pasado por ahí. Esto les ha permitido elaborar publicaciones periódicas, dibujos animados, cómics –el más reciente dedicado a Miguel Mármol– y exposiciones.

Con la misma dedicación se aplican a la digitalización de las grabaciones de las radios guerrilleras que operaron durante la guerra.

“Tenemos miles de horas de la Radio Venceremos digitalizadas y al servicio de la investigación. Es una fuente historiográfica de primer orden que permanentemente esta siendo consultada”. Parte de esta información se halla disponible en línea gracias a un proyecto de colaboración con la Universidad de Texas en Austin.

Las instituciones del Estado también se han beneficiado de las actividades y hallazgos del MUPI. El Teatro Nacional, el Museo Regional de Occidente, la Casa del Escritor y decenas de casas de la cultura son algunos de los espacios con los que el proyecto colabora a través de exposiciones, talleres y montajes. Recientemente, la institución firmó un convenio con el Ministerio de Educación (MINED) para llevar a Salarrué y otros personajes a los centros escolares de los 14 departamentos en forma de “días culturales”.

“Es una oportunidad única para tener acceso a miles de jóvenes”, dice el creador del MUPI.

Fuente: ContraPunto