miércoles, 8 de abril de 2015

Ser víctima en Honduras: Cultura del miedo y disociación de la empatía

Por Natalie Roque Sandoval | Conexihon

Leí la noticia del asesinato de Soad Nicole en clases, mientras analizábamos el contexto histórico de los Derechos Humanos y estudiábamos con “distancia académica” el horror, tuve que abandonar el salón, la realidad de mi Honduras desgarrada me golpeó. Sentí dolor, ira, impotencia, pensé en ella, de alguna forma  Soad me hizo sentir. La lloré, me generó empatía… igual que Merelym[1].

La empatía  se define como la capacidad de identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro (DRAE). Según algunos teóricos, el desarrollo de la sensibilidad y la empatía  son elementos fundamentales para el surgimiento de la noción de Derechos Humanos. La historiadora norteamericana Lynn Hunt[2] señala que una serie de transformaciones sociales que cimentaron alteraciones duraderas de las actitudes, cruciales en la aparición de nuevas sensibilidades, generando nuevas y profundas formas de empatía.

Pero parece que en las Honduras del horror nos han arrebatado muchas cosas, entre ellas la capacidad de sentir, la empatía. ¿Cómo explicar la –aparente- indolencia social que sucede a estos abominables eventos y que podría extenderse a la reacción ante el asesinato sistemático de jóvenes –aparentemente vinculados con las maras o el crimen organizado- que desde hace más de una década  se ha “cotidianizado” en el país, al fenómeno más reciente de los niños encostalados y a otras formas del horror en la escenificación de la muerte que ocurre en el contexto de la violencia del crimen organizado, donde se camuflan también los escuadrones de la muerte?

Nos encontramos ante lo que se podría llamar una sociedad presa – o secuestrada- por la cultura del miedo.

Según Delumeau, en este contexto se genera la angustia, fenómeno natural y motor evolutivo de la humanidad. Positiva cuando prevé amenazas, que no por ser imprecisas son menos reales y se estimula la movilización del ser. “Una aprensión demasiado prolongada también puede crear un estado de desorientación y de inadaptación, una ceguera afectiva, una proliferación peligrosa de lo imaginario, desencadenar un mecanismo involutivo por la instalación de un clima interior de inseguridad”[3].

La empatía y sensibilidad –fundamentales para identificar al otro como sujeto de derechos humanos-  ceden paso al  miedo y la angustia, que se apoderan de la sociedad y llevan a que “el ciudadano promedio va a demandar el restablecimiento de condiciones de seguridad aunque ello conlleve, incluso,aceptar la violencia del Estado. Se construye así la imagen de una violencia positiva frente a la violencia negativa del “otro” amenazante, que pasará a la condición de enemigo”[4]. La frase “Haré lo que tenga que hacer”, expresada en un primer momento por Juan Orlando Hernández durante la campaña electoral del 2012, y que se ha convertido en su política ahora que ocupa el sillón presidencial se ve así socialmente justificada.

Resulta fundamental también analizar en profundidad el papel que juegan los medios de comunicación en la escenificación de la muerte y la violencia, que termina por instalar el miedo generalizado en la sociedad.


Cuando trabajé  la Hemeroteca Nacional llegué a pedir que retiraran las portadas de los periódicos que dejaban diariamente sobre mi escritorio, era insoportable comenzar el día con esas imágenes. Ahora es imposible escapar de las portadas, están en los semáforos, paradas de buses, y en casi todos los espacios públicos.

He llegado a pensar que la estrategia de imprimir portadas ampliadas y “tapizar” nuestras ciudades es una de las muestras más claras de cómo funcionan las estrategias de reforzamiento del terror. Ya no se puede escapar: a donde vayas el horror mediatizado te persigue. Ahora las cámaras instaladas en nuestras principales ciudades filman todo y los medios se disputan el ángulo más sangriento de la toma. Perverso en verdad.

Aprendiendo a disociar*: el enemigo no humano

En nuestra región este enemigo se encuentra históricamente ligado -en gran parte- a las amenazas identificadas en la política de seguridad de Estados Unidos de América y su política de Seguridad Hemisférica hacia América Latina. En el caso de Honduras, en los últimos 50 años pueden identificarse con claridad la aparición y desarrollo de esas amenazas, iniciando con la amenaza de la expansión del comunismo por la región, la “amenaza comunista” “los come niños”, que conducirán a una serie de políticas agrupadas en la Doctrina de  Seguridad Nacional en la década de los ochentas: persecución, tortura, secuestro y desaparición selectiva, organización de escuadrones de la muerte para cometer asesinatos políticos, férreo control por parte de otros órganos  represores del Estado.

La amenaza del enemigo comunista parece desaparecer en los noventas, producto de un contexto internacional de distensión, posterior a la firma de los acuerdos de paz en la región centroamericana y la  caída del Bloque Socialista en el contexto global.

Pero un nuevo enemigo amenazante no demora en entrar en escena. En el contexto hemisférico se inaugura la “Guerra a las drogas” con la cacería y posterior asesinato de Pablo Escobar en Colombia. En el caso particular de Honduras, el fenómeno inicia con el surgimiento de las “maras”, pandillas juveniles conformadas en un primer momento por emigrantes retornados de Estados Unidos, que reproducían en los barrios las configuraciones territoriales y asociaciones violentas que caracterizaban su vida en las calles y barrios violentos en Estados Unidos.

Estos mareros, se van convirtiendo al finalizar la década y entrar al milenio en la amenaza más grande a la seguridad ciudadana. El marero es en este momento el enemigo público número uno. En 2002 el Estado de Honduras decreta la Ley Antimaras, que faculta procedimientos expeditos en la detención de jóvenes sospechosos de asociación ilícita. El tatuaje se convierte en indicio suficiente para la sospecha y detención, reaparecen las denuncias de actividades de escuadrones de la muerte y proliferan los cuerpos de mareros ejecutados en los barrios. Menos de un año después se produce el incendio del Penal de San Pedro Sula que acaba con la vida de 107 presuntos mareros.

Es importante mencionar que en el contexto regional la guerra al narcotráfico ha generado nuevas rutas para el trasiego de drogas y el corredor centroamericano se convierte en la ruta principal. Aunque la presencia del narcotráfico en Honduras puede rastrearse fácilmente hasta la década de los setentas (con el asesinato de los Ferrari), pero es en el periodo 2000-2005 que se diversifica la presencia de carteles en el territorio e inician las manifestaciones más violentas de sus enfrentamientos por control territorial[5].

A mediados de la década del 2000 el terror se encuentra plenamente instalado en la sociedad hondureña, identificando como mayor amenaza a las maras. Sin embargo, al finalizar la década, la identificación de esta amenaza ha sufrido una reconfiguración, que la amplía al “crimen organizado” incluyendo y vinculando la narco-actividad. Evidentemente los fenómenos existen y se manifiestan con violencia, no pretendo cuestionar la existencia de la “amenaza”, ni evaluaré en este momento su instrumentalización con fines políticos, económicos y geo-estratégicos más oscuros.

Mi análisis se centra sobre todo en la instalación del terror como elemento disociante de la empatía, que llega a su máxima expresión en la fácil asimilación de la muerte abominable que se atenúa por el carácter de (no)víctima de las víctimas (¿Son los indígenas humanos se preguntaban los españoles? ¿Son los mareros humanos? ¿Es humana la amenaza? ¿Es humano el enemigo?).

Las niñas problema


Y es aquí donde entro inevitablemente en la cuestión de la “des-humanización” de ciertas víctimas, para así encontrar formas de asimilar mejor –o justificar- el daño infringido a ellas. Esta disociación empática encuentra renovadas expresiones en eventos recientes de asesinatos de niños y niñas. Los infames asesinatos de Merelym Abigail Espinoza y Soad Nicole Bustillo, niñas de 14 y 13 años respectivamente, constituyen dos casos representativos de las decenas de niños y niñas asesinadas y criminalizadas en Honduras.

La cobertura mediática fue extensa y polémica: las muertes abominables de alguna forma se “legitimaban” al cubrir a las víctimas  con un manto de sospecha, “eran niñas problema” o “andaban en malos pasos” “¿Serían novias de mareros?” Particularmente infames resultan las declaraciones imputadas al actual Ministro de Educación quien al referirse al reciente asesinato de la niña Bustillo –participante en varias protestas estudiantiles- dejara caer la duda justificativa: ¿Era Soad problemática? ¿Marera? ¿Revoltosa? La duda fue instalada casi como una certeza que permite disociar.

Y así, el asesinato de una niña se desdibuja y diluye. Resulta además particularmente fácil cuestionar y criminalizar a las victimas pobres, esas que no provienen de “familias respetables”. Este cuestionamiento de la rectitud moral de las víctimas logra que momentáneamente el horror se atenúe en las diversas crisis generalizadas de un país flagelado por la violencia, que alimenta y a su vez se alimenta del terror, en un círculo vicioso que profundiza la disociación. 


Nos quieren volver insensibles, nos necesitan insensibles para salirse con la suya. Es perverso. También lo hemos permitido, es un mecanismo de defensa. Disociamos la empatía para sobrevivir en el horror.

* Disociación: desconexión entre cosas generalmente asociadas entre sí. En psicología  la disociación es usas para caracterizar una falta de conexión en los pensamientos, memoria y sentido de identidad de una persona. Por ejemplo, alguien puede pensar en un acontecimiento que le trastornaba enormemente y aún así no experimentar ninguna emoción en absoluto.

Notas
[1] Merelym Abigail Espinoza Bustillo,niña de 14 años encontrada asesinada el 03 de noviembre de 2014 en Tegucigalpa. Su asesinato desató una tormenta mediática, criminalizando a la víctima y cuestionando sus “valores” por haber salido de casa aparentemente sin permiso.
[2] Lynn Hunt. (2009). La invención de los Derechos Humanos.Barcelona: Tusquets Editores.
[3] Jean Delumeau. (1989). El miedo en Occidente. Madrid,España: Taurus. P. 21. (Las negritas y subrayado son nuestras.
[4] Rodríguez Rejas. (2014) P 122.
[5] Para ampliar sobre la presencia de los carteles de droga en el territorio hondureño en la última década,  recomiendo el reciente artículo de Ismael Moreno: Así terminó el reinado del cartel de Los Cachiros (Revista envio, Número396 | Marzo 2015) Disponible en línea enhttp://www.envio.org.ni/articulo/4973