jueves, 23 de abril de 2015

El mar de la miseria. Las evitables tragedias en el Mediterráneo

Cartonclub
Por Daniel Gatti | Rel-UITA

Desde el año 2000 han muerto ahogadas en el Mediterráneo más de 28.000 personas, en una travesía hacia la nada. El mar que separa a Europa de África y Asia se ha convertido en la frontera más “asesina” el mundo. En el fenómeno se mezclan las guerras, la miseria, el colonialismo, la “inhumanidad” de las políticas migratorias, la trata…

Sólo en tres meses más de 1.600 personas se ahogaron en el Canal de Sicilia, frente a las costas libias, griegas o italianas.


La mayoría venían de Libia, un país en guerra interminable, roto en mil pedazos, desangrado y destruido y que es usado como plataforma por los parias, los desplazados, los perseguidos de los alrededores para intentar llegar a una Europa que les había prometido paz y prosperidad una vez que se “liberaran” de sus dictadores.

Cerrado el camino de la emigración “legal” vía terrestre por la fortaleza Europa, repletos los países vecinos de otros inmigrantes que penan por subsistir ante la indiferencia general, en particular de las potencias europeas y norteamericanas que les habían prometido ayuda y asistencia, “no les queda otro remedio que hacerse a la mar en embarcaciones ridículas o en grandes barcos venidos a menos”, según denuncian, entre muchos otros, las autoridades de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).


Tumba acuática
La frontera más letal

El Mediterráneo se ha vuelto la “tumba colectiva” de decenas de miles de ellos, una frontera mucho más mortífera que cualquier otra: en 15 años, entre 28.000 y 30.000 han dejado la vida en sus aguas “unas magnitudes propias de una guerra silenciosa”, como remarca la ONG Oxfam Intermón.

Sólo el año pasado, de los casi 5.000 inmigrantes que murieron asesinados o en “accidentes” y catástrofes de diverso tipo a lo largo y a lo ancho del planeta, 3.500 se ahogaron en este gigantesco ramal del Atlántico que fuera evocado tantas veces como “cuna de civilizaciones”, de acuerdo a datos de la OIM.

Los muertos en la frontera entre Estados Unidos y México, una de las más terribles del mundo, fueron cerca de 300 en el mismo período.

“No se trata de hacer comparaciones odiosas, pero lo que sucede en este mar que une –o mejor dicho separa–a una veintena de países es especial, es una catástrofe que sólo llama la atención cuando los muertos se cuentan por centenas de una sola vez”, protesta un jerarca del Alto Comisionado de Derechos Humanos de Naciones Unidas.

“De entre las diferentes fronteras Norte-Sur que existen en nuestro mundo ninguna es tan profundamente desigual como el Mediterráneo”, insiste Jaime Atienza, director de Campañas y Ciudadanía de Oxfam-Intermón.

“Cruzando el mar, los ingresos de las personas se multiplican por doce, y si miramos algo más al sur la diferencia de ingresos supera las treinta veces.

Estos no son datos menores, pues a lo largo de la historia la desigualdad de ingresos y los conflictos han sido el principal motor de la movilidad humana”, dice.

Unos motores que movieron alternativamente a todos los pueblos y masas humanas. Quienes hoy reciben, tienen antepasados, muchas veces cercanos, que en su momento fueron recibidos.

“No pueden olvidar aquellos que hoy dictan políticas migratorias restrictivas que probablemente sus padres, abuelos, bisabuelos estuvieron en posición demandante.

No pueden, pero lo olvidan”, se quejaba esta misma semana, al borde del llanto, un integrante anónimo de una asociación de rescate italiano al que le tocó, meses atrás, recibir a inmigrantes que llegaban en atestados barcos a la isla de Lampedusa.

“Me hubiera gustado que se le diera a esa gente un trato, un recibimiento parecido al que se les dio hace poco a los cruceristas de un barco de lujo, algunos de ellos extranjeros, que unas semanas antes habían naufragado.

Los diarios se compadecieron de su tragedia, la policía mandó investigar las causas del naufragio, se habló de sus historias. De esta gente nada se sabe, son apenas estadísticas. Y van a seguir muriendo como moscas porque nadie quiere cambiar realmente las cosas”.


Atacar el síntoma…
Sin tocar las causas


Los ministros del Interior y de Relaciones Exteriores de la Unión Europea resolvieron el lunes pasado que para suprimir de raíz el muy feo espectáculo de humanos ahogándose casi que a la vista de todos… enviarán nuevas expediciones punitivas, esta vez contra los traficantes de personas, identificados como los primerísimos culpables del drama.

Descartaron en cambio aumentar los cupos para recibir a inmigrantes, cambiar su política de “ayuda al desarrollo”, dejar de contribuir a la desestabilización de países de donde les llegan los parias, ni siquiera aumentar los fondos destinados a socorrerlos en altamar, que eran tres veces mayores cuando sólo Italia se hacía cargo de misiones de rescate.

“Centrar la respuesta en los traficantes –seres indudablemente odiosos, repugnantes, que esquilman, explotan y hasta violan a otros que están en condiciones de indefensión- es si se quiere muy fácil.

Equivale a sacarse las responsabilidades propias de encima”, señalaron en un comunicado común asociaciones de defensa de los derechos humanos europeas.

Los tratantes de personas son en este caso el último eslabón de una cadena que se inicia mucho antes, que pasa por políticas económicas, por el desangre de países, por guerras provocadas, y que termina en los barcos o en las travesías a través de desiertos, agregaron.

Pero a esas realidades, los responsables de las políticas de las grandes potencias hacen ojos ciegos. “Los burócratas europeos, concluyó Jaime Atienza, hacen lo contrario de lo que deberían hacer”.

Fuente: Rel-UITA