sábado, 21 de febrero de 2015

Venezuela: Antonio Ledezma ante la historia

Por Misión Verdad

La detención de Antonio Ledezma el día de ayer marca un hecho que describe dos acontecimientos de forma simultánea: por el lado del Gobierno queda claro el mensaje de que el contragolpe avanza, y no hay concesiones. Por el otro, la falta de respuesta, de movilidad, de tracción que ha tenido la agenda de la ultra ha quedado como un hecho duro, pesado, plomizo. Pero algo más se mueve en el mar de fondo de la historia reciente del país: la detención de una de las figuras simbólicamente más acabadas de la decadencia de la Cuarta República en la década de los 90, protagonista de la terminal.

Esta es una verdad cardinal, indiscutible, infranqueable y silenciada por la misma oposición: nadie quiere a Antonio Ledezma. Ningún voto que lo ha mantenido en la Alcaldía Mayor proviene de un mapa afectivo, de un reconocimiento. Nada más con verle la catástrofe que trata de levantar como sonrisa en cualquiera de los registros fotográficos certifican su estatuto del político más anticarismático (que no es lo mismo que el que menos carisma tiene) de todo el espectro político nacional. Hasta Ismael García pareciera tener mayor capacidad de generar algo parecido a una simpatía que no obedezca al "criterio" de "voto por Ledezma porque el otro candidato es el chavista".

Pero nadie puede negar su habilidad en el medio burocratista. Nadie puede negar que Ledezma es el gran heredero de un inconfundible estilo que él traslada de la Cuarta casi intacto. Loro viejo con vocabulario amplio. Con ese cuadro circunstancial en el que nadie lo quiere, ha sido capaz de ganar elecciones, de organizar el frente jurídico-político de la conspiración, reconocer las claves populacheras que venden en el discurso "de calle". Odiado por todos, fue electo; y odiado por todos logró alcanzar una condición imprescindible dentro de la especie de mecánica de la oposición, tanto en la línea MUD, la "constitucional", como en la agenda ultra de Leopoldo y compañía.

Podemos repetir las palabras que empleamos en un previo perfil, publicado a finales de 2013: "En términos leninistas, Ledezma es un cuadro de aparato, no de masa". Y decíamos más adelante: "Pero lo que hace aún más de Ledezma un hombre todo cuartorrepublicano no es su capacidad de ser cómplice de genocidios, ni su habilidad leguleya-gerencial de armar nóminas paralelas, desviar presupuestos y privilegiar a los grupetes de siempre desde su puesto como alcalde mayor, sino su capacidad de adaptación, su condición reptil y arribista, su instinto de supervivencia política".

Y ciertamente, esa combinación de hombre hábil en lo estructural, experimentado en la intriga y el combate político y, por sobre todas las cosas, un oportunista sin límites lo fue decantando de su posición pragmática interderechas a ser la eminencia gris de la agenda golpista y en el cálculo de la violencia política empleada el año pasado. Pero a su vez, a diferencia de la oligofrenia de Machado o López, ha sabido conservar su imagen de "firme entusiasta" de la opción electoral como vía para derrocar al rrrrégimen, mientras operaba, como bien lo sabe hacer, en el plano puramente conspirativo.

Esa misma condición no sólo lo ha aproximado a los peores factores nacionales de mayor cercanía con los peores factores internacionales (el primer ministro sionista Bibi Netanyahu, entre una larga lista) defensores de las peores causas del momento en el mundo, sino que lo llevó a coordinarlos en su desorden. Sus buenos oficios como gestor conspirativo lo condujeron directamente al centro de la acción.

Es evidente y queda claro que fue Ledezma el encargado de atribuirle un carácter de "proyecto", de "plan de operaciones", al documento de "transición" que acompañaría al golpe de Estado que se cocinaba para estos días. Ni Leopoldo López ni María Corina Machado cuentan con los conocimientos, la sapiencia y el "cómo hacer la vaina" como Ledezma.

Pero la aparente sobriedad con la que podía equilibrar sus habilidades operativas pareciera haberse nublado por la ambición presidencialista que nunca, ni en este momento, ha ocultado. O alguien en el piso de arriba de la Operación Jericó le garantizó el éxito absoluto de la acción. Y, esencia clásica de la tragedia, Ledezma cedió y su sobrexposición fue in crescendo, a tal punto que se quemó con la candela que siempre se jactó de tener la maestría de bailar sin quemarse las cotizas. Pero esas chancletas de petróleo se deformaron por el calor y se le quemaron los pies.

Tal vez, como se reflejó en el dato a dato, esto explique que en el ámbito de todo el plan de acción haya sido más sonora, escandalizada y desinformativa la desmesurada reacción internacional. Porque aquí dentro ha dado hasta lástima la pobreza inherente a la "capacidad de respuesta" en la calle para "defender" a uno de sus líderes "orgánicos". Desde afuera se trata de tapar un vacío francamente lamentable por su anemia movilizadora.

Y una razón de peso, profunda, del mar de fondo de la historia de las últimas décadas se mueve en la memoria caraqueña. Así no lo digan, en la misma base escuálida que pueda existir, más de uno, igual que cualquier chavista de a pie, habrá dicho en privado "bien hecho que se lo hayan llevado" y no necesariamente está recordando 2014, sino 1996. Porque esa sensación de resarcimiento con la historia es imposible de esquivar para aquellos a quienes de verdad se les haga difícil traicionar su propia memoria, así hayan votado por él para votar en contra de Aristóbulo o Ernesto Villegas.

Y fuera de ese dato subjetivo, son decenas de muertas y muertos de la clase original quienes hoy también se alivian por verlo detenido. Y muy difícilmente el show a la Leopoldo y Lilian pueda tener algún éxito. Sobre todo cuando ya se veía bastante descuadrado tirándoselas de dirigente joven con el sector (visible) más recalcitrante de la derecha política venezolana, que destacaba precisamente ese maldito sentido de oportunidad que hoy lo llevará juicio, no precisamente por lo que de allá de ese tiempo debe sino por las cosas que hoy teme ante la justicia.