viernes, 23 de enero de 2015

La Tablada: heridas abiertas, asignaturas pendientes

Por Hugo Montero | Marcha

A 26 años del copamiento del cuartel de La Tablada por parte del Movimiento Todos por la Patria (MTP), se reabre la causa por los cuatro desaparecidos con la mirada puesta en el accionar del ejército.

A las 6.25 del 23 de enero de 1989, un camión Ford F 7000 repartidor de Coca-Cola embiste el portón del Regimiento de Infantería Mecanizada III General Manuel Belgrano (RIM-3), en la zona oeste del conurbano bonaerense. En ese preciso momento, se abre un abismo para unos sesenta militantes que proyectan otro epílogo para su proyecto revolucionario y, al mismo tiempo, se cierra la historia de una organización política (Movimiento Todos por la Patria, MTP) que había dado sus primeros pasos tres años atrás, muy lejos de La Tablada, donde se desata la tragedia.


26 años después de aquella mañana de enero, casi todas las preguntas que dejó el ataque han sido respondidas y muchas de las teorías conspirativas que generó se han despejado, pero aún persisten algunas heridas abiertas. Una de ellas, quizá la más significativa, es la existencia de cuatro desaparecidos entre aquellos que intentaron copar el cuartel. En ese sentido, y a partir de la presión constante de un grupo de familiares y compañeros de militancia, la Corte Suprema determinó el último día hábil de 2014, la revocación del sobreseimiento por prescripción que beneficiaba al general Alfredo Arrillaga y al mayor Jorge Varando, ambos imputados por el homicidio y los fusilamientos de Iván Ruiz y José Díaz, dos de los militantes desaparecidos (los otros dos son Francisco Provenzano y Carlos Samojedny). Si bien la medida judicial es apenas un freno a una línea de impunidad que parecía haberse impuesto, también puede significar un nuevo comienzo para la causa. El objetivo debería ser profundizar la investigación en la responsabilidad del ejército argentino en lo que fue un despliegue represivo que no se detuvo en preservar ningún derecho humano: ejecuciones extrajudiciales, mutilación y carbonización de cadáveres, bombardeo con explosivos prohibidos y torturas a prisioneros, fueron parte de la respuesta militar ante un débil gobierno constitucional, entonces conducido por Raúl Alfonsín, cómplice de aquel despliegue represivo.

Preguntas con respuesta

Si bien se hace complejo sintetizar la trama que motivó a casi toda la militancia del MTP a protagonizar el copamiento de un cuartel en enero de 1989, resulta ineludible esbozar algunas conclusiones: en primer lugar, confirmar que La Tablada fue el intento de generar una insurrección popular por parte de un grupo de revolucionarios argentinos. Es decir, la decisión de proyectar una respuesta militar a un problema político. A la hora de explicar los objetivos del MTP, fundado en 1986, es importante señalar que la apuesta de esa organización (integrada por ex combatientes de los setenta, activistas sindicales y barriales del conurbano bonaerense, referentes de la lucha por los derechos humanos y por intelectuales y religiosos) era transformarse en alternativa popular de las amplias masas. Para ellos, el aprendizaje de la experiencia nicaragüense, después del triunfo sandinista, fue clave, y también lo fueron el balance autocrítico que se hizo de las organizaciones guerrilleras de los setenta, el rechazo a la postura sectaria de la izquierda tradicional, la decisión de federalizar la política enviando a sus principales cuadros al interior del país para insertarse, la apuesta por los jóvenes militantes barriales en el conurbano o bien luchadores por los derechos humanos. La proyección del MTP era ser esa alternativa ausente mediante una presencia electoral o un crecimiento sostenido, pero los tiempos terminaron por quebrar aquella idea y reemplazarla por un recurso de urgencia: la salida militar.

En ese sentido, es correcto definir al asalto a La Tablada como un intento de “golpe de mano”: es decir, un intento por ganar la iniciativa política mediante una acción militar, instalarse en el escenario político a la fuerza como alternativa a partir de una movilización masiva, y aprovechar el impacto de esa acción para difundir un mensaje de cambio revolucionario.

En definitiva, el objetivo era erigirse como alternativa de poder popular, apostando a ese “golpe de mano”: la toma de un cuartel, una demostración de fuerza ante un gobierno claudicante y una clase política que había defraudado a todos los sectores populares. A partir de esa demostración de fuerza, el siguiente paso era alentar una masiva movilización en las calles que se transformase en una potencial insurrección popular, para desde allí defender un programa revolucionario y que tendría, indefectiblemente, que reservar un lugar protagónico para aquellos que habían vencido al enemigo militar. La concepción general era que amplios sectores de la población necesitaban una referencia que se plantara ante los abusos carapintadas con coraje, y que muchos sectores podían plegarse a un hipotético escenario de triunfo ante la amenaza militar, para entonces sí pujar por imponer un proyecto político alternativo. Si bien el golpe de Estado parecía inminente y latente (esa posibilidad formaba parte de la agenda concreta de la política argentina allá por 1988-1989), lo que hizo el MTP fue forzar la realidad a partir de una lectura voluntarista del presente y de sus propias fuerzas (subestimando a la vez la posible respuesta de las fuerzas armadas): montar una puesta en escena para transformar en concreto aquello que estaba latente, y hacerlo en un lugar que habían estudiado como apropiado para su estrategia.

De allí la decisión de simular un golpe de Estado en marcha en La Tablada ese día, de sostener el discurso de que allí se intentaba “defender la democracia” y que el objetivo no era provocar un cambio revolucionario en la Argentina, sino marchar con los tanques a Plaza de Mayo para simplemente exigirle al gobierno una respuesta dura con los carapintadas y sublevados.

Del mismo modo, no hay forma de analizar el MTP sin señalar el fuerte influjo de Enrique Gorriarán. Su doble concepción de construcción es clave para comprender los hechos: por un lado, el armado de una organización política con aspiraciones populares amplia, con mensaje unitario y antisectario, que pretendía insertarse en las bases y transformar desde abajo la sociedad, con paciencia y a largo plazo, y hasta con una táctica de participación electoral y una línea bien distanciada de la izquierda tradicional. Pero, por el otro, la presencia en paralelo de una estructura militar, experimentada por su paso en Nicaragua y la lucha contra los Contras, y preparada para intervenir en la situación argentina apenas se dieran circunstancias oportunas. Esas circunstancias fueron el escenario de crisis política generado a partir de 1987: la ofensiva del sector carapintada, su ligazón con algunos sectores del empresariado y el peronismo, la debilidad del gobierno radical, el vacío de poder y el descreimiento creciente hacia la política de partidos de los jóvenes, la ausencia de una alternativa popular real que pudiera intervenir ante la amenaza de la derecha, etc.

Desde la evaluación de esos dos puntos surge, entonces, la decisión de La Tablada como “un atajo” hacia un cambio revolucionario en la Argentina.