viernes, 24 de octubre de 2014

“No trabajamos a un ritmo normal, siempre vamos contra reloj” Esther Ortega, camarera de piso

Foto Ernest Cañada | Alba Sud - Rel-UITA
Campaña Internacional de UITA: "Trabajo, salud y dignidad para las camareras de piso"

Por Ernest Cañada | Alba Sud - Rel-UITA

Las camareras de piso de Mallorca cuentan sus condiciones laborales en hoteles en que les exigen cada vez más trabajo en menos tiempos y donde se les hace muy difícil la labor sindical por el temor a ser despedidas y el estado de desprotección en que se encuentran.

Esther Ortega nació en Jaén, Andalucía, pero se trasladó a Mallorca atraída por el boom de la industria turística.

Desde hace unos treinta años es camarera de piso, pero antes hizo de todo: “trabajé en el campo, como comercial, como camarera de comedor, y finalmente como camarera de piso”, dice. En los últimos ocho años ha sido delegada sindical por Comisiones Obreras en un hotel de cuatro estrellas, ubicado en Playa de Palma.

-Esther, cuéntanos cuál es tu trabajo...
-Limpiar estudios y apartamentos. Esto lleva más trabajo que las habitaciones porque incluyen cocina. Y no limpiamos las zonas nobles, vamos directamente a planta. Son ocho horas al día.

19 para más de 300 habitaciones
Un ritmo infernal y extenuante


-¿Cuántas son trabajando como camareras de piso?

-Trabajando a diario somos 19. La mayoría somos fijas discontinuas y el resto eventuales. Y en el hotel hay unas trescientas y pico habitaciones.

-¿Y tienen tiempo para hacer el trabajo en buenas condiciones?
-No. El ritmo de trabajo es muy intenso, exagerado. No trabajamos a un ritmo normal, siempre vamos contra reloj. Como si estuviéramos trabajando a destajo pero con el sueldo de camarera.

Además el volumen de trabajo se incrementa con las salidas. En estos últimos años el período de estancia del cliente se ha reducido, es muy corto ahora, y entonces las salidas son más frecuentes.

Llevamos una media de cinco salidas diarias. Y eso incrementa el trabajo físico que debo hacer.

Hace poco tuve una conversación con la jefa del departamento y le decía que así no se podía, que algún día se quedará el trabajo sin hacer.

-Pero también les exigen que todo quede bien...
-Ellos tienen mucha fijación en que saquemos una puntuación determinada en los cuestionarios que les pasan a los clientes. Pero el hotel no está en condiciones y tampoco nos dan el tiempo para dar un buen servicio.

“Tomo opiáceos para poder aguantar”
Una salud deteriorada


-Otra cosa que me imagino que debe afectar es cómo ha cambiado el turismo que llega a Playa de Palma. Se ha promovido un turismo para gente joven que busca fiesta y desmadre, el turismo de borracheras como lo llaman...
-Los grupos de gente joven que vienen a beber son horrorosos, porque cuando entras a una habitación no puedes ni limpiar.

De hecho no haces prácticamente nada, o no se ve, pero trabajas mucho más que en otras habitaciones. Nada más sacando basura ya tienes que hacer mucho más. Tienes que entrar con una bolsa grande, y la sacas llena.

Y luego está todo lleno de arena, yo creo que la playa de Palma se va a quedar sin arena de tanta que traen a la habitación.

El volumen de trabajo es el doble que el de una habitación normal. Y luego que ahí te encuentras de todo.

-¿Te ha perjudicado la salud este trabajo?
-Yo estoy con tratamiento médico. Tomo opiáceos para poder aguantar.

La revisión médica me dio "apta con restricciones". Entonces me pusieron en una planta que supuestamente era más leve, pero el ritmo de trabajo es el mismo que el de mis compañeras.

El trabajo en las habitaciones es muy duro, pero además hay otras cosas que también afectan tu salud. Por ejemplo los cambios constantes de frío y calor.

El cliente deja el aire acondicionado puesto para que su habitación esté fresquita. Y tú entras sudorosa y vas al frío, luego abres el balcón y vas al calor de nuevo. Pasamos del calor, al frío y al calor otra vez.

De terror
El fantasma del despido


-¿Y hay alguna reacción por parte de las trabajadoras, luchan por mejorar sus condiciones de trabajo?
-Hay mucho miedo. Sobre todo entre las eventuales, porque no tienen seguridad de que las renueven. Me parece brutal.

Entre las fijas y fijas discontinuas también hay miedo, aunque están más protegidas. Entonces el trabajo sindical es darte cabezazos contra la pared. Es muy difícil.