martes, 2 de septiembre de 2014

La vuelta a casa de los desaparecidos

Foto "Barrios por la Memoria"
36 años después, una historia que se abre

Por Daniel Gatti | Rel-UITA

Ciudad a ciudad, barrio a barrio, las calles argentinas se van poblando de decenas de baldosas especiales, dedicadas a recuperar la memoria y la historia de militantes sociales desaparecidos.

Rosa Mitnik era psicoanalista, tenía 42 años y una hija de 15 cuando el 13 de noviembre de 1976 fue secuestrada por una banda de militares. 

Se supo por sobrevivientes que pasó por uno de los mayores campos de concentración de la dictadura argentina, el de la Escuela de Mecánica de la Armada, y apenas algunos datos más que por ahora no llevan a nada.

En la mañana del sábado 30, 38 años después de su desaparición, Rosa volvió de cierta manera a su casa. En la puerta del edificio en el que pasó sus últimos años, en el barrio porteño de Villa Crespo, familiares, amigos suyos y de su hija Andrea Bleichmar, colegas, la recordaron “plantando” una baldosa en la vereda en la que se podía leer: “Aquí vivió la doctora Rosa Mitnik. Mujer solidaria, militante popular”.

Vecinos, muchos vecinos se acercaron a su hija a saludarla, contarle anécdotas, de ella, de su madre. “Rosa estaba siempre dispuesta a ayudar, debe ser por eso que la mataron”, dijo una señora de setenta años largos.

Otro invitó a Andrea a que recorriera la que fuera su casa, y ella reconoció los muebles hechos por su abuelo carpintero, todavía ahí, su dormitorio, el corroído parquet con marcas aún identificables, algunos muebles, el lugar donde estaba –con sus agujeritos nunca tapados- la placa de “doctora” de Rosa.

Un ambiente de comunión laica, que Andrea alentó repartiendo chocolates, vidrios de colores con los que decoró la baldosa, y pasando el micrófono a quien quisiera hablar.

También en Buenos Aires, pero a mucha distancia de Villa Crespo, ese mismo 30 de agosto, día Internacional del detenido desaparecido, ex compañeros de clase de jovencitos secuestrados en 1977 colocaban otra baldosa, colectiva, delante del liceo secundario al que todos habían ido casi cuarenta años atrás.

Y en Rosario, en Córdoba y otras ciudades estaban previstas ceremonias similares en casas, centros escolares, lugares de trabajo de otros tantos “militantes populares” que de alguna forma, aunque fuera mínima y en piedra coloreada, recobraban identidad.
 
El retorno al barrio
De carne y hueso


El invento de las baldosas remonta a 2005, cuando habitantes del barrio de Almagro, en Buenos Aires, “una zona con alta densidad de militancia social por metro cuadrado”, según dijera en su momento uno de los animadores del grupo, comenzó a reunirse en un centro cultural, la Casona de Humahuaca.

Los juntaba el proyecto de “honrar la memoria” de los desparecidos del barrio, y en el mismo movimiento tomar distancia con una de las formas más extendidas de “ejercicio de la memoria”: la puramente celebratoria, que convierte en supermanes o superniñas a quienes eran seres de carne y hueso.

No sólo en Almagro se hacían reuniones de ese tipo. También en otras zonas de Buenos Aires. La suma de iniciativas llevó a que se formara el colectivo de Barrios X Memoria y Justicia.

“De las discusiones que tuvimos sobre cómo hacer para llevar al ciudadano común el mensaje de que los desaparecidos eran, antes que nada, seres pensantes y actuantes, parte de un tejido social, de una realidad concreta, y no marcianitos caídos en la tierra de platos voladores, fue que surgió la idea de una intervención urbana”, contaba en una entrevista de 2011 uno de los animadores de la estructura barrial de Almagro.

“Apuntamos a que los vecinos y la gente en general supieran que allí había vivido tal persona, allá había estudiado tal otra, más allá había trabajado esta tercera o enseñado esta cuarta. Y enfatizamos en que las baldosas no debían ser lúgubres como lápidas y debían tener cierto grado de personalización en la combinación de los colores o en algún detalle.”

La intervención urbana tomó la forma de baldosas de 60 x 40, decoradas con vidrios de colores y letras de plástico y cubiertas por cinco o seis manos de laca industrial para evitar el deterioro, un proceso de fabricación que lleva varias semanas y que se pretende que sea “lo más colectivo posible”.

Más de 400 en nueve años
Y sólo algunas rotas


“Nos llegan permanentemente demandas de familiares, de vecinos, de compañeros de trabajo de desaparecidos. En todos los casos hacemos un trabajo con los interesados y su entorno, reconstruimos las historias de vida, verificamos datos. Recién después es que vamos al trabajo de fabricación y colocación. No somos una fábrica de baldosas”, dice sonriendo Noemí Fernández Durán, hermana de una desaparecida y militante de Barrios X la Memoria.

Hacia 2013 había colocadas en Buenos Aires, según el colectivo de Almagro, más de 350 baldosas, según un mapeo realizado entonces. Hoy deben superar largamente las 400.

La idea fue declarada de interés nacional por el gobierno, pero para poder concretarla debe recibirse la autorización de los propietarios de las viviendas, los edificios frentistas o las instituciones

Cuando llega el ok un equipo municipal levanta las baldosas comunes de la vereda y deja el espacio necesario para la colocación de las nuevas.

“En algunos casos hemos recibido negativas. Hubo consorcios (de propietarios de edificios) que nos advirtieron que si las colocábamos las romperían. Y hay baldosas rotas. Son las menos, pero las hay”, cuenta Fernández Durán.

Uno de los rechazos recibidos fue el de los propietarios del diario de derecha La Nación, que se negaron a que los periodistas de ese matutino desaparecidos fueran homenajeados.

“Las negativas tienen también algo de positivo, porque ayudan a ver quién es quién. Es también una forma de restituir la memoria y de recuperar la historia real de los desaparecidos”, dice una de las integrantes del grupo de Villa Crespo.

Fuente: Rel-UITA