lunes, 25 de agosto de 2014

La semilla de la contrainsurgencia hondureña

Por Bertha Zúniga | Marcha

Desde el golpe de Estado de 2009, Honduras ha estado marcada por el fortalecimiento de las Fuerzas Armadas y por las respuestas militares a cualquier situación de crisis. Bajo el gobierno de Juan Orlando Hernández, presidente continuador de la “dictadura constitucional”, este “jarabe” a los problemas se hace más evidente.

“¡Firme recluta!”, le ordena un militar armado a un pequeñín de escuela. La situación se vuelve cotidiana en el marco del programa “Guardianes de la patria”, en el que las Fuerzas Armadas están encargadas de dar “formación de valores y conducta decente” a niños y niñas de entre cinco y 19 años en situación de riesgo social. Dicho proyecto, implementado a nivel nacional, pretende egresar a 25 mil niños, niñas y adolescentes por año. Los participantes deben asistir a los batallones cada 15 días, donde son ubicados por edades y realizan diversas actividades con las cuales, según sus promotores, lograrán “alejarlos del camino de las delincuencia”.

La historia nos recuerda que las Fuerzas Armadas en Honduras han funcionado como gendarmes del neoliberalismo, han impulsado golpes de Estado, están involucradas en acciones de violación a los derechos humanos y en asesinatos de mujeres y jóvenes. Además, tienen fuertes vínculos con el narcotráfico, el crimen organizado y han protagonizado diversas masacres y represiones. Esta institución es la que pretende enseñar acerca del buen comportamiento a las futuras generaciones.

En Honduras, según datos oficiales, existen alrededor de 500 mil menores de 21 años en riesgo social. Considerado el país más pobre de Centroamérica, con el 61,9% de la población en situación precaria, que ofrece pocas oportunidades educativas a su infancia, lo mismo para acercarlos al arte, al deporte y a la ciencia, pero sigue invirtiendo gran parte de su presupuesto en “seguridad”.

Llama la atención que el programa esté dirigido exclusivamente a los niños y niñas más pobres, estereotipándolos de ser “un grupo peligroso”. Esto demuestra la diferencia en cuanto a que en un mismo contexto de violencia, marginación y saqueo, los ingresos económicos permiten tener diferente vida y futuro. Al fin, condena capitalista.

Honduras, uno de los países más violentos del mundo, responde a su situación de inseguridad cultivando una cultura de la guerra que conspira contra la capacidad de crear y soñar de la infancia para encuadrarla en la doctrina militar y religiosa, ya que este programa incluye también clases de biblia para enseñarles “el temor a Dios”. Así como crece el militarismo lo mismo hace el fundamentalismo religioso.

Sabemos que esta descabellada idea forma parte de la estrategia de reforzar el papel de Honduras como un enclave militar y que encontrará en su infancia los futuros integrantes de los ejércitos de la muerte, protectores de sistema de dominación.

Este programa, que recuerda al comportamiento de los gobiernos fascistas, nos hace reflexionar sobre la dirección que está tomando la “dictadura constitucional”, clarificando su transformación a un Estado abiertamente represivo que mira al futuro para coartar cualquier esperanza de cambio, de resistencia y oposición a la muerte.

El hecho de que la infancia comparta espacio con las fuerzas represivas ya constituye una violación a los derechos de las niñas y niños, que naturalicen las armas bélicas y sean adiestrados es un crimen. La oportunidad de una vida mejor para la niñez se encuentra lejos de las armas. Por el contrario, la justicia que se sepa conquistar, el amor que se logre compartir y los sueños que se dejen fluir, serán la verdadera esperanza de una sociedad diferente.

Militarizar la educación y buscarla como alternativa a la violencia es un acto peligroso para la sociedad. La inversión que se hace en la “seguridad” del país crece y crece, mientras que la que se destina a la salud, educación, recreación y arte, disminuye. Desde estas tierras se lucha por una cultura de paz que transita por que se garanticen los derechos a una vida digna.

Fuente: Marcha