sábado, 26 de abril de 2014

Wojtyla, una beatificación de nuestro tiempo

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Lo que los medios prefieren olvidar

Por Gennaro Carotenuto | Brecha

El 1 de mayo, ocupando de manera para nada casual una fecha tradicional del mundo del trabajo y de la izquierda laica, Karol Wojtyla, conocido durante su papado como Juan Pablo II, será beatificado apenas seis años después de su muerte. Para la iglesia católica es un escalón necesario hacia la santidad.

Aunque dos millones de fieles estarían viajando a Roma en estas horas, la obra de Wojtyla no deja de ser polémica, ya sea por sus omisiones en las denuncias de los casos de pedofilia, por su alianza con las dictaduras latinoamericanas y con prelaturas cuestionadas como el Opus Dei y los Legionarios de Cristo, o por su guerra sin cuartel contra la modernidad, la iglesia de los pobres y el espíritu del Concilio Vaticano II.

Entren en la catedral de la ciudad de San Salvador y miren a la derecha de la nave central. Pero no se confundan. El sonriente sacerdote representado en esa gigantesca pintura no es monseñor Óscar Arnulfo Romero, el obispo asesinado en 1980 por los escuadrones de la muerte de ultraderecha. El cura cuya mirada apacible no puede evitar ningún viandante es San José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, la organización que agrupa selectos católicos y de la cual Karol Wojtyla fue un firme aliado político. Tanto que llegó hasta a santificar al polémico sacerdote vasco sin importarle ni el franquismo, ni el antisemitismo, ni su escandalosa compra de un título nobiliario, ni las denuncias de un proceso de santidad manipulado. Lo que importaba era ofrecer un santo para la clase dirigente católica, fieramente anticomunista, una figura que interpretara un catolicismo en el que el poder y el dinero fueran celebrados como camino, incluso como camino a la santidad.

Para encontrar signos que recuerden a monseñor Romero, el viajero que visite El Salvador –aunque su nombre sea Barack Obama, quien llegó hasta ahí el pasado marzo– debe buscar una capillita, a menudo cerrada, ubicada al exterior de una catedral rigurosamente controlada por el Opus. Aunque los fieles humildes y el pequeño mercado de camisetas y estampitas en las afueras sólo recuerden a don Óscar, la gloria de Dios está toda reservada para Escrivá, parecen decir los símbolos de la catedral. Escrivá, santo; Wojtyla, beato; y Romero… nada. Pocos meses antes de su martirio, el 7 de mayo de 1979, el obispo centroamericano había presentado al papa un dossier sobre las violaciones de derechos humanos. Había salido de la reunión “consternado” por el hielo con el cual su denuncia fue acogida por Juan Pablo II: “llévese mejor con su gobierno”, fueron las categóricas palabras del pontífice.

Con aquellas palabras el camino hacia la santidad había dejado de ser un misterio para responder a una lógica política terrenal que en América Latina significó la alianza con varios Augusto Pinochet y con los verdugos del Plan Cóndor. Así se explica que, 31 años después, el proceso de beatificación de Romero se haya perdido en los archivos del tribunal vaticano, mientras que la causa del fundador del Opus siguió un camino acelerado. Múltiples testimonios, entre ellos el de Ernesto Cardenal, que fuera ministro de Cultura en la Nicaragua sandinista, indican que fue el mismo Wojtyla quien explicó públicamente que la beatificación de un mártir como Romero no era oportuna porque “sería instrumentalizada por la izquierda”.

El mismo camino recorrido por Escrivá había sido diseñado también para otro protegido de la iglesia anticonciliar, Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, una especie de Opus a la derecha del Opus y hoy muy cercanos al gobierno de Felipe Calderón en México. Aunque esté probado que desde 1976 el futuro Juan Pablo II estuviera al tanto de severas críticas a Maciel, éste también estaba destinado a una santidad fast track, a pesar de sus dos mujeres, de sus varios hijos de quienes él mismo abusaba, y de las acusaciones de robos y otros delitos. Sólo después de la muerte de Wojtyla fue que Maciel dejó de ser un santo viviente y sólo después de su propia muerte, en 2008, la iglesia católica fue obligada a no seguir encubriendo sus culpas. Es la misma práctica del silencio absoluto del Vaticano wojtylista, comprobadamente informado y siempre activo en ocultar los crímenes de cientos de curas pedófilos, empezando por el cardenal austríaco Hans Hermann Groër y el estadounidense Bernard Law.

Así el domingo será beatificado Woj­tyla, amigo de Maciel y Escrivá, enemigo de Romero e implacable cazador de brujas en la iglesia católica latinoamericana salida del Congreso Eucarístico de Medellín en 1968. Fue contra la Teología de la Liberación que cumplió su primer viaje fuera de las murallas petrinas. Fue en enero de 1979 cuando concurrió a Puebla, México, para la tercera conferencia episcopal latinoamericana, donde imprimió su viraje duramente conservador. Desde entonces cientos y cientos de religiosos progresistas fueron silenciados por Juan Pablo II, empezando por uno de los máximos teólogos conciliares, Bernard Häring, y siguiendo por el jesuita Pedro Arrupe, pasando por el obispo de los migrantes y de las prostitutas, el francés Jacques Gaillot, a quien humilló enviándolo a la inexistente diócesis de Partenia, y por el obispo de San Cristóbal de las Casas, Samuel Ruiz, sensible al mundo indígena y zapatista.

Es así, entre grandes alabanzas e inciensos, que se llega a una beatificación postergada apenas lo mínimo indispensable para mantener la decencia del proceso. Ahora, en Roma, un merchandising más o menos kitsch sobre el “beato Wojtyla” está invadiendo la Via della Conciliazione, aquella avenida abierta en 1929 por Benito Mussolini para solemnizar con el Concordato la alianza entre Iglesia Católica y fascismo. Algo similar ocurre en las calles de Wadowice, en el sur de Polonia, donde hace 91 años nació quien se convertiría en papa. Wadowice, bendecida por la suerte de ese nacimiento lejano, es el segundo punto álgido de un evento que fue pensado a escala planetaria. Ya son más de medio millón los peregrinos que cada año ocupan sus hoteles y restaurantes, visitan sus calles e iglesias y, por supuesto, el museo dedicado a Juan Pablo ii (que el domingo inaugurará otros mil metros cuadrados de exposición). También en este contexto la venta de la imagen de Wojtyla, con un mensaje edulcorado de amor y de paz, desenmascara la realidad de una iglesia católica polaca que sigue jugando un papel político cada día más cercano al Pis (Ley y Justicia), el partido de extrema derecha, reaccionario, racista, ultranacionalista, del difunto Lech Kaczynski y de su mellizo Jaroslaw.

Es una situación parecida a la de Italia, donde la iglesia católica nunca se distanció del gobierno de Silvio Berlusconi a pesar de sus continuos escándalos sexuales y de corrupción. El primer ministro sigue comprando el silencio de las jerarquías otorgando al Vaticano enormes ventajas económicas en términos de financiación a la escuela privada (que en Italia es casi exclusivamente católica) o de exenciones fiscales, y cerrando cualquier debate sobre temas éticos tales como la fecundación asistida, los matrimonios homosexuales o las curas paliativas. Esto último a pesar de que varios científicos, entre ellos la anestesióloga italiana Lina Pavanelli, afirman que el mismo Wojtyla se tomó la libertad de interrumpir sus tratamientos médicos, acelerando su muerte, cosa que la iglesia sigue considerando pecado mortal para los fieles de a pie. Es el Wojtyla conservador, siempre irreductiblemente contra cualquier tipo de contracepción y contra el uso del condón en la lucha contra el sida. Pero nada de esto será recordado en Roma este domingo.